domingo, 11 de julio de 2010

jueves, 17 de septiembre de 2009

Las montañas


En realidad, Tomás no tenía dos personalidades como algunos estarán tentados a creer; sino más bien tenía un alma que en ocasiones se dividía en una porción derecha y en otra izquierda. Cuando una de ellas se expandía, vaya uno a saber porque motivos y desplazaba al otro pedazo que quedaba atrás, rezagado como perro en castigo olfateando a su dueño y tirando punzantes variaciones de energía, suerte de mordiscones de almas, Tomás dejaba de actuar como venía haciéndolo para desplazar sus hábitos hacia el lado opuesto al sector que le tocaba en turno manejarlo.
_ Si en lugar de la izquierda, usas tu mano derecha para escribir, yo en premio voy a regalarte una bicicleta._ fue el argumento que usó su padre cuando Tomás tenía seis años, para convencerlo de que no debía ser zurdo. Hasta entonces su alma había sido como la de cualquiera de la de otros niños, es decir, tenía una unidad; pero desde entonces se le fue resquebrajando por los polos y Tomás volviéndose más huraño, hasta que se le completó la fisura por una grieta longitudinal, unidos los dos pedazos por alguna fuerza extraña.
Por ese entonces sus parientes lo consideraban un niño difícil, casi imposible. ¡Es tan cambiante!
Tomás creció usando su diestra pero de contramano con todo el mundo. Con su madre pasaron años sin verse. Fue a sus funerales quizá porque ese día la fracción derecha de su alma ocupaba todos los controles de su dueño. La realidad fue que nadie lo notó abatido.
_ Eres detestable _ le había dicho ella, cuando él aún era una adolescente, y no le dirigió nunca más una mirada.
Tomás creció un día bien y diez mal. Vivía atormentado porque en ninguna casa me siento cómodo y para mí el trabajo es un descanso y mi única felicidad es ir a las montañas… En los valles era otra persona: se volvía locuaz y optimista, interesándose por todo el mundo. Tan diferente actuaba, que quienes convivían con él en la ciudad, hasta se sentían tentados de llamarlo por otro nombre: el aire de la montaña parecía insuflarle fuerzas a su porción derecha de alma. Era tan diferente a ese hombrecito sombrío que vivía oculto en la covacha de su escritorio de este otro que correteaba entre las verbenas del valle y entre las hileras de álamos y sauces, como lo es un átomo en su minúsculo tamaño comparado con el sistema solar.
_Algún día tiro todo; vendo lo que tengo y me vengo a vivir aquí, tan cerca de Dios y tan distante del infierno… pero era un sueño que le resultaba irrealizable. Cuando se entusiasmaba hasta el éxtasis y casi parecía a punto de realizarlo, nuevamente la ciudad envuelta en su sordo rumor y entre el trajín de amables señoras que se agolpaban en los mostradores de su negocio, lo evadían una vez más, y todo lo planeado volvía a postergarse.
_ Ya habrá otra oportunidad: por ahora no se puede, quizá más adelante. Volvía a caer entonces bajo el letargo de la diestra que lo oprimía hasta hacerlo parecer un lagarto reptando pesadamente entre seres humanos que serían como rocas en un desierto abismal; él se sentía un electrón perdido en el espacio.
En cierta ocasión sus conocidos de las montañas, quienes le brindaban un cariño sincero, lo vieron llegar cargado de bultos y equipajes. No cabían dudas, venía ahora sí a concretar su ansiado sueño: volverse hombre de vida sencilla, casi pastoril. Por las mañanas arriaba las ovejas, cargando panes y quesillos para su solitaria comida de montañés satisfecho. Por la tarde, desde un empinado risco colindante al vacío ya a la entrada de la villa, alanzaba a ver las altas y lejanas cimas del nevado contrastar abruptamente, como filo de cuchilla mella, con un cielo encendido de ocaso. Largo rato quedaba anhelando seguir al sol en su recorrido. Lo cierto es que tan apacible vida le duró poco tiempo.
Nunca nadie logró saber como hizo Tomás para estar en dos parte simultáneamente.
La gente sencilla del valle rara vez miente, en cambio los urbanizados habitantes de la ciudad… ellos aseguran que no puede haber sido el mismo, porque según su secretario, no había salido de su escritorio en los últimos tiempos para nada más que dormir un rato por las noches. Aseguran que se lo veía taciturno, sombrío, como si ya hubiese presentido algo.
Vicenta, la buena mujer que lo atendía en las montañas, afirma en cambio, que ese atardecer, el último que estuvo con ellos, lo vio venir desde la distancia, Era casi un punto más entre las ovejas, se acercó luego hasta el peñasco desde el que acostumbraba ver el ocaso: hizo unos pasos en el vacío y luego cayó. Pero nunca encontraron su cuerpo al pie del barranco.
Coincidentemente, el mismo día su secretario lo encontró sin vida en su oficina, El pobre no podría durar mucho más, se sometía a un esfuerzo sobrehumano, lo extraño era que en su rostro no se veía la mueca de insatisfacción que siempre llevaba, sino que había una sonrisa. Y en los bolsillos tenía panes y quesillos. Cosa extraña ¿no?


Jorge J. Namur